El avance tecnológico y sus desventajas en la conservación y acceso a los archivos

>>  miércoles, 2 de julio de 2014

PESADILLA TECNOLóGICA
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/ 02/07/2014


El desarrollo tecnológico en la última parte del siglo pasado y en lo que va del presente, ha sido indiscutiblemente positivo para la actividad económica y, en general, para mejorar la calidad de vida de la población.

En particular, el progreso en la tecnología de la información en la década de 1990 con el auge de la red de información mundial (internet) y las empresas punto.com, provocó que muchos analistas plantearan la hipótesis de que este desarrollo generaría una Nueva Economía, especialmente en Estados Unidos (EU), donde desaparecerían los ciclos económicos y se disfrutaría de una expansión indefinida.

La recesión de 2001 en EU y la Gran Recesión global de 2008 y 2009 vinieron a demostrar lo errado de la hipótesis de la Nueva Economía, aunque es innegable que la tecnología de la información beneficia la actividad económica.

Pero más allá de las bondades de los avances tecnológicos, es preciso estar conscientes de que ese desarrollo tiene sus riesgos y costos, está en una constante y rápida evolución y que, como toda actividad humana, está sujeta a fallas. Por lo tanto, es aconsejable no depositar una confianza absoluta y ciega en las herramientas tecnológicas actuales.

El desarrollo tecnológico conlleva riesgos como la falla Y2K o problema del año 2000. Para corregir esta falla se invirtieron recursos cuyo valor nominal se estimó en su momento en alrededor de 300 mil millones de dólares.
Otro riesgo es la vulnerabilidad que se da al concentrar una gran cantidad de información relevante en algunos sitios, lo que los convierte en objetivos de ataques de quienes buscan burlar las medidas de seguridad (hackers) y acceder sin autorización a esa información.

En estas condiciones es preocupante que algunos gobiernos, como el nuestro, en un afán de ser pioneros en el uso de la tecnología, están forzando a todos los contribuyentes a correr esos riesgos al hacer obligatorio y exclusivo el uso de la información digital. Valdría la pena, por tanto, evaluar seriamente los alcances y limitaciones de una obligación de uso de tecnología que puede convertirse más adelante en una verdadera pesadilla.

En cuanto a los costos, cualquier usuario de las microcomputadoras que comenzó en la década de 1980, ha tenido que reemplazar sus aparatos en varias ocasiones para mantenerse al día con los avances tanto en el equipo como en los programas para operarlos.

Es cierto que el avance tecnológico ha abaratado los nuevos equipos, pero en varios casos su renovación ha sido necesaria no porque hayan agotado su vida útil, sino por una obsolescencia tecnológica acelerada que obliga a desechar el hardware existente y adquirir otro nuevo. Muchas personas y empresas no están en condiciones económicas para solventar esos costos.

Un costo actual, por ejemplo, es la suspensión de soporte que anunció Microsoft para su exitoso sistema operativo XP y el paquete Office 2003. En el caso del XP, se calcula que al momento de suspenderse el soporte, todavía cerca del 30% de los equipos lo usaban, por lo que tendrán que migrar hacia un sistema nuevo y con la advertencia de la empresa de que seguramente será necesario actualizar el hardware.

Por otro lado, el constante progreso tecnológico ha dado como resultado que archivos elaborados originalmente con versiones antiguas de programas (procesadores de palabras, hojas de cálculo, gráficas, etc.) ya no pueden ser consultados porque los nuevos programas y equipos no permiten acceder a esos archivos.

Esto es algo que difícilmente tomaron en cuenta nuestras autoridades hacendarias con los archivos digitales, ya que las herramientas actuales con las que se elaboraron esos archivos serán rebasadas probablemente en pocos años y pudiéramos caer en una especie de limbo documental, porque no habrá manera de comprobar derechos y cumplimiento de obligaciones.

Una muestra de esto es la misma SHCP que utiliza en ocasiones versiones viejas de algunos programas que muchos contribuyentes ya no poseen. Adicionalmente, es cada vez más frecuente la tediosa actualización de programas que con la excusa de mantenerse al día obligan al usuario a invertir tiempo y recursos en la conexión con las páginas de internet que proveen esos programas e instalarlos en sus equipos.

En consecuencia, no podemos sustraernos a la realidad de un avance tecnológico que llegó para quedarse y que, reitero, es benéfico para la humanidad. Pero las decisiones pioneras adoptadas por nuestras autoridades hacendarias, digitalizando toda la información de los contribuyentes mexicanos como medio único de cumplimento de obligaciones, podrían crear en el futuro complicaciones incalculables, aparte de las ya existentes por la imposibilidad frecuente de acceder a los portales respectivos.

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