Tanit Plana: La inteligencia artificial reactiva una aspiración muy antigua: construir un archivo capaz de registrar y organizar el mundo entero
>> martes, 28 de julio de 2026
Tanit Plana: “La inteligencia artificial reactiva una aspiración muy antigua, construir un archivo capaz de registrar y organizar el mundo entero”
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Natalia Piñuel Martín
Natalia Piñuel Martín
Una de las obras de Tanit Plana.
Tanit Plana (Barcelona, 1975) es una de las figuras más interesantes de la fotografía actual, expandiendo su práctica hacia la instalación de gran formato. Desde sus comienzos, ha trabajado a partir de las estructuras de poder de internet, la pedagogía de las imágenes y la política de los cuerpos en su relación con la tecnología. En los últimos años ha sumado, además, la inteligencia artificial no solo como herramienta artística, sino como una suerte de dispositivo de continuidad para perpetuar los sistemas de control.
Plana propone un acercamiento al funcionariado de los museos estatales, quienes investigan, cuidan las colecciones y organizan la exhibición del patrimonio, y que aquí están representados por sujetos femeninos que responden a una mirada y constructo patriarcal. También aborda el quiebre de la propia organización, sirviéndose de los parámetros de una inteligencia artificial que se recrea en las mutaciones y el error. “El Estado ejerce una violencia normativa y estructural sobre los cuerpos de sus propios trabajadores: reduce el deseo a productividad, codifica los afectos como burocracia y sustituye la voz por el protocolo. Al mismo tiempo, se produce la inversión de esa violencia: ese mismo cuerpo funcionarial —como extensión orgánica del aparato estatal— opera sobre el cuerpo civil, lo vigila, lo regula y lo sanciona. El funcionariado puede entenderse como una tecnología social. Todas aprendemos a funcionar dentro de sistemas: instituciones, familias, plataformas digitales, normas de género o dinámicas productivas. El cuerpo funcionarial es el cuerpo que hace posible esa adaptación cotidiana. Un cuerpo que gestiona protocolos, horarios, formularios y procedimientos", explica la artista.
Una de las imágenes de 'Disfuncionarias'.
La propuesta, que puede verse en el Museo Cerralbo, dentro de la sección oficial del festival PHotoESPAÑA, explora las tensiones entre archivo, institución cultural, tecnología y cuerpo a través de una intervención específica que se suma a la que ya hubo la pasada primavera en el Centre de les Arts Lliures de la Fundació Joan Brossa de Barcelona. “El Cerralbo permite observar una paradoja interesante: un museo existe gracias a su capacidad para clasificar y conservar, pero también gracias a todo aquello que nunca termina de explicar del todo. Ninguna colección es completamente transparente. Siempre quedan zonas de sombra, relaciones inesperadas y objetos que conservan una parte de misterio. En la Fundació Joan Brossa, Disfuncionarias se centraba en las personas que sostienen las instituciones y en la tensión entre la fragilidad humana y los ideales de eficiencia que exige cualquier aparato administrativo. En el Cerralbo, el proyecto se desplaza hacia los objetos y las formas de relación que establecemos con ellos. Las Disfuncionarias ya no actúan únicamente como trabajadoras de una institución, sino que se convierten en figuras que atraviesan el museo desde la curiosidad y la seducción. Se dejan atraer por aquello que no comprenden completamente”.
La muestra ofrece una reflexión sobre el uso de la inteligencia artificial, entendida como una prolongación contemporánea y, en muchas ocasiones, violenta de las lógicas administrativas. El proyecto surge de su propia experiencia en instituciones académicas y artísticas profundamente jerarquizadas. Las tensiones y traumas que pueden surgir a la hora de cumplir con eficacia el trabajo se plasman a través del uso de procesos con un software de IA ética. Plana da forma a estas ideas visualmente con impresiones en tela diseñadas a partir de modelos y códigos que ella misma genera. En su práctica no está buscando imágenes perfectas, sino que prioriza cuando la IA le devuelve algo que presenta algún defecto o directamente no tiene sentido. Las telas protagonizadas por estos sujetos sexualizados rompen con sus volúmenes y tonalidades la propia lectura museográfica del espacio.
“La inteligencia artificial reactiva una aspiración muy antigua: construir un archivo capaz de registrar y organizar el mundo entero. En ese sentido, prolonga una lógica que ya estaba presente en los archivos, los censos, las burocracias y los sistemas de catalogación. Lo interesante es que esa promesa de conocimiento total nunca termina de cumplirse. La IA sigue equivocándose y produciendo imágenes o relaciones inesperadas. Cuanto más intenta parecer perfecta, más visibles se vuelven sus límites. Por eso trabajo con modelos antiguos y entrenados desde el error. No busco una tecnología impecable, sino una tecnología que revele sus costuras. También hay una cuestión estética. Vivimos rodeados de imágenes que asocian la belleza con la eficiencia, la limpieza y la optimización. Frente a esa estética, la exposición reivindica otra sensibilidad: la de lo vulnerable, lo cambiante y lo perecedero. La belleza de una tela que se arruga, de una imagen que pierde estabilidad o de un objeto que envejece. La IA aparece, así como un dispositivo ambiguo. Amplía enormemente nuestra capacidad de organizar información, pero también pone de manifiesto que el mundo siempre contiene más complejidad de la que cualquier sistema puede procesar”, dice Tanit Plana.
En la exposición se genera un diálogo entre las distintas piezas de la colección y su propia producción. El archivo romántico del Cerralbo (fechado entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX) se despliega en la vitrina de madera y cristal que recorre todo el lateral de la sala. Allí se acumulan distintos elementos, artefactos y capas de la historia reciente; documentos de otra época, casi fantasmales, un óleo sobre lienzo titulado Perro con flores o una serie de corbatas de lino que pertenecen a las primeras décadas del siglo pasado. Al recorrido se incorpora el vídeo distópico Idilio con materiales de embalaje (2026), en el que distintas mujeres jóvenes, tipificadas como funcionarias, mantienen una relación emocional con materiales de relleno de oficina y descartes. A través de una sucesión de gestos y de una atmósfera inquietante, la obra nos conduce hacia un universo retro futurista.
En la vitrina hay objetos como una cinta adhesiva de carrocero o los inventarios autóctonos del museo, todo revestido por un papel que simula la cuadrícula azul de un cuaderno. Con esta idea, parece incitar al espectador a salir de toda milimétrica, de todo lo estandarizado. Destaca también el letrero LED donde se lee: “Detrás de esta sala hay otra sala”. Cuenta la vigilante de la exposición que son muchas las visitas curiosas que preguntan: “¿Por dónde se llega a esa otra sala?“.
Hay algo profundamente perturbador en este display, en la escenografía de vinilos rojos que enmarcan la entrada y la salida, en la representación de las telas de cuerpos disociados, superpuestos, de errores, del glitch que genera incomodidad, pero también sirve para romper con la rigidez reglamentaria. La puesta en escena remite tanto al cine como a internet, especialmente al imaginario onírico de David Lynch y de los backrooms que se han hecho populares en YouTube. La idea de backroom como metáfora de esos espacios liminales, esos no lugares que sostienen la funcionalidad del museo desde la invisibilidad pública. “Los backrooms funcionan como una de las mitologías espaciales más características de internet. Son espacios funcionales que parecen haber perdido su propósito. Lugares familiares y extraños al mismo tiempo. Esa sensación dialogaba muy bien con el Cerralbo. El museo ya posee algo fantasmal. Es una casa que continúa representándose a sí misma a través de los objetos que conserva. Los vinilos rojos funcionan como umbrales teatrales. Marcan el paso hacia una capa menos visible del edificio. Como si detrás de cada sala existiera otra sala, detrás de cada relato otra narración posible. En una época obsesionada con el acceso inmediato a la información, me interesaba recuperar el valor de aquello que todavía conserva una parte de su misterio”. El recorrido propone una experiencia de deriva. No busca conducir al visitante hacia una única interpretación, sino invitarlo a establecer relaciones inesperadas entre objetos, imágenes y espacios.
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